En la práctica profesional hemos tenido la oportunidad de asesorar a varias empresas del sector automotriz en temas de debida diligencia y aplicación de las disposiciones de la Ley 23 de 2015; y, un elemento que casi siempre se discute es el nivel de cumplimiento que hacen las distintas agencias, es decir, algunas se quejan que hacer la debida diligencia – como se debe hacer- es una actividad que les afecta a nivel de ventas, esto, si se parte de la premisa que hay otras agencias que no lo hacen. Si mientras unas cumplen cabalmente con la Ley 23 de 2015 y otras lo hacen a medias o no lo hacen, lo que existiría es una práctica desleal puesto que “entendido erróneamente” se hace más facil la venta de un auto si no se somete al comprador a la rigurosidad de la debida diligencia.
Con este trasfondo es importante decir que en nuestro país la mayoría de las agencias cumplen con su deber regulatorio y en efecto realizan sus labores de debida diligencia tal y como se manda ya que desde que se promulgó la Ley 23 en el 2015 la divulgación de la norma y el trabajo de la Superintendencia de Sujetos Regulados ha logrado que las disposiciones se respeten y se cumplan. Sin embargo, eso no significa que exista alguien que vea en la “relajación” del cumplimiento de la debida diligencia una herramienta en favor de las ventas.
A pesar de lo que se pueda pensar ninguna empresa puede perdurar en el tiempo si trabaja con desatención al cumplimiento normativo ya que tarde o temprano ese incumplimiento le pasará factura, una; que, puede llegar a ser muy alta. Por tanto, mantenerse en línea con la legislación y cumplir con la debida diligencia es una forma inteligente de hacer negocios, que; aunque sea más difícil, sí que resulta ser la mejor y única manera de operar.
Para el consumidor de hoy, una empresa que demuestra cumplimiento y una cultura organizacional disciplinada y enfocada resulta ser una mejor oferta dentro de un mercado altamente competitivo.
Referenciando a Jim Collins en su libro “Good to Great” “El verdadero cumplimiento no depende únicamente de reglas y controles, sino de una cultura organizacional de disciplina que asegura que las normas se respeten de forma consistente”, he ahí el verdadero diferenciador.

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